JMJ: Adiós Madrid, Espéranos Brasil.

25 08 2011

Recientemente terminó la Jornada Mundial de la Juventud 2011 y bien vale la pena hacer el balance del aprendizaje dejado a quienes estuvieron ahí, a quienes la seguimos desde los diferentes medios de comunicación, redes sociales e internet, y sobre todo, lo que sigue para la Iglesia Universal, cuyos jóvenes representan su futuro inmediato en este caminar por el mundo.

La Jornada Mundial fué especialmente emotiva por muchas razones: por reunir a jóvenes de los 5 continentes, jóvenes que no se contentan con lo que les ofrece el mundo, jóvenes que saben escuchar el llamado de Dios, y como el joven Samuel responden “Heme aquí Señor pues me has llamado”. También fué emotiva porque recientemente se beatificó a Juan Pablo II, quien fuera el Papa que ideó las Jornadas Mundiales de la Juventud, y por la sede, España, una nación profundamente rica en tradiciones, y cuya identidad Cristiana -ésa que fué la raíz de la Evangelización para el nuevo mundo, y que ha cosechado un gran número de Santos- se encuentra en la actualidad erosionada por las arremetidas cada vez más agresivas del ateismo, el relativismo, y el ánimo anti religioso exacerbado que ha dado como resultado la disminución de creyentes católicos en esa noble tierra.

El Papa sin embargo, nos dió a todos -incluidos a los Españoles- un mensaje de esperanza a la juventud católica, y sobre todo, una petición muy clara: la de permanecer firmes en la Fe. Tan pronto aterrizó en Madrid, Benedicto XVI comenzaba su mensaje poniendo a los jóvenes a reflexionar en torno al por qué y para qué estaba reunida esta multitud ahí, si bien la respuesta la conocen ellos, pudiera pensarse que desean escuchar la Palabra de Dios, de manera que edificados y cimentados en Cristo, manifiesten al mundo la firmeza de su Fe.

Muchos jóvenes hemos oído la voz de Dios, algunos como un leve susurro que nos ha impulsado a buscarlo de manera más profunda y transmitir a los demás la fuerza que Dios tiene en nuestras vidas, y al abrir los ojos ante este descubrimiento del Dios Vivo, nos damos cuenta de los retos que el mundo pone ante nosotros: tanta vanalidad, tanto hedonismo, tanta superficialidad a la hora de plantearnos la sexualidad, corrupción en el mundo, el desempleo actual y la falta de oportunidades, son cargas muy pesadas y que sin Dios se vuelven difíciles de afrontar. Por eso El Papa cimbró nuestros corazones al decirnos “Que nada ni nadie os arrebate la Paz, no se avergüencen del Señor”. Era la primera de muchas invitaciones a aceptarlo en nuestras vidas.

Y ahí estaba reunida una generación valiente, jóvenes que se han atrevido a manifestar cara a cara ante la ONU su desacuerdo con su agenda anti vida, jóvenes que han aceptado el llamado de Dios a la vida consagrada, jóvenes que aceptamos el llamado a la vocación matrimonial o misionera. En pocas palabras, apostolados distintos, pero algo en común: el deseo de cumplir a cabalidad la Voluntad de Dios y de construir su Reino entre los hombres.

Benedicto XVI nos habló a todos: laicos comprometidos, consagrados, maestros, autoridades y a cada quien nos hizo saber que es necesario acoger a Dios en nuestras vidas, que estará siempre latente la tentación de sucumbir a nuestros impulsos egoistas, a nuestros deseos de creernos dioses y decidir quién vive y quién no, de no tener más cimiento y modelo que nosotros mismos, de vivir una vida sin horizontes, una libertad sin Dios. Habló claro de los peligros de guiarnos por la visión utilitaria de la educación donde los maestros y las universidades se enfocan sólo a preparar las competencias laborales que el mercado exige, como si fuéramos mero producto de consumo, dejando de lado la tarea del educador de formar a sus alumnos en la búsqueda de la verdad. Los jóvenes necesitamos auténticos maestros formadores preocupados por suscitar en nosotros la sed por la verdad y la superación propia. Ciertamente la verdad siempre estará fuera de nuestro alcance, podemos acercarnos a ella pero no poseerla del todo, porque estaríamos cayendo en la vanidad que cierra el acceso a la verdad, y Cristo nos ayuda a desarrollar la virtud de la humildad, de ser sencillos y eficaces como la lámpara, que da luz sin hacer ruido.

Ante los peligros de una ciencia sin límites, de los totalitarismos políticos, del relativismo y de la mediocridad, que traen como consecuencia un claro rechazo a la identidad Cristiana, Benedicto XVI nos pide una radicalidad evangélica, que quiere decir ir a la raíz del amor a Jesucristo con un corazón indiviso, sin anteponer nada a ese amor, es un encuentro personal con El y tener conciencia de la misión que nos tiene preparada, aceptando en todo su voluntad. Necesitamos pues, voltear nuevamente a ver a nuestros hermanos que sufren, y hacerles saber que Dios está con ellos, no es un Dios lejano o indiferente, puesto que decidió hacerse hombre como nosotros para conocer a profundidad nuestros pesares y sufrimientos de modo real, en carne y sangre propia. Así como los jóvenes somos muy dados a compartir la vida a los demás, el Papa nos pide no pasar de largo ante el sufrimiento humano, pues ahí es donde Dios nos espera para que entreguemos lo mejor de nosotros mismos, nuestra capacidad de amar y compadecer. Sufrir con el otro, por los otros, sufrir por amor a la verdad y la justicia con el fin de convertirnos en personas que aman verdaderamente son los elementos fundamentales de la humanidad y en cuya pérdida nos destruiría a todos.

La cruz no fué el desenlace de un fracaso, fue una total entrega amorosa de parte de Cristo que llegó hasta la donación inmensa de la propia vida, por tanto, una juventud y una sociedad que son indiferentes al sufrimiento humano son una juventud y una sociedad crueles.

De esta forma arraigándonos con valentía en la Fe es como podemos ser fieles a Dios y aspirar a los más altos idelaes de la sociedad, sólo así podremos responder como lo hizo Pedro a la pregunta que Cristo les hizo: “¿Y ustedes, quién dicen que soy yo?.

Como conclusión, la gran fiesta de Fe vivida en España nos deja a cada uno de los jóvenes -los que estuvieron allá y quienes la vivimos desde nuestros hogares- el compromiso de hacer una sociedad más humana y más justa, desde la intensa búsqueda de Cristo, en quien debemos edificar nuestras vidas y conducirlas con la firmeza de aquel que cimienta su casa sobre la roca. A seguir trabajando con la alegría de tener a Cristo en nuestra vida, y con la gran ilusión de reencontrarnos con su vicario en la siguiente Jornada Mundial de la Juventud en Brasil.

Juan Ricardo Solís Mendoza

Twitter: @rsolis83

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